La sombra del sueño de la soledad
Hoy el día es frío y engañoso. El sol luce como en verano y el viento está en calma, sin embargo, aún no ha desaparecido la escarcha. El viento hace daño en lo ojos y los mantengo solo entreabiertos cuando me adentro en lo más profundo del bosque.
Acababa de saltar sobre un tronco que yacía a la sombra de un tejo hecho de años y veneno. Mal salto. Mala suerte. Mala pata. Un cepo gigante, de los de osos, me atrapó hundiendo sus dientes de hierro de lado a lado de mis traseras.
Ni aullar pude. El dolor era inmenso, intenso, inabarcable, me sentí morir en un instante. Tan agarrado estaba que no podía ni mover el resto del cuerpo. La sangre empezó a brotar como nunca antes lo había visto. Mi sangre espesa se derramaba entre el pelo. Era igual. La misma sangre que cien veces había visto en ovejas, cabras, conejos y otros alimentos. Esta vez era mi sangre. Me dolía. Me dolía cada gota. Me dolía más que la herida.
No distinguía entre la sangre y la muerte. Las heridas de sangre siempre eran mortales. La sangre avisaba muerte. No había nadie. Estaba solo entre la nieve y el hielo. Ni un solo ruido. Mire a mí alrededor buscando consuelo. Abrí y cerré los ojos varias veces, no se si para coger fuerzas o para despertar de la pesadilla. Sentí frío.
Me sentí solo. Solos nacemos y solo he vivido, pero esta soledad era diferente. No era solo soledad. Era el último momento de vida el que asomaba a mis ojos y no había nadie. Es mejor llegar solo que partir solo. No lo sé. Pero yo ahora no quería estar solo. Me daba igual morir, pero no solo. La soledad quita fuerzas, no las da. Estaba tan solo y desfallecido que no podía encontrar ni un buen recuerdo que me reconfortase, ni evocar una voz amiga, ni una imagen.
La sangre dejó de brotar y mis ojos poco a poco se cerraban. Sentía el roce de los hierros contra mis huesos por minúsculo que fuera el movimiento. Aún estaba en pié sobre mis cuatro patas. Anochecía. Anocheció.
Creí dormir. Con los ojos aún cerrados sentí el suelo sobre mi espalda. Sentí la piedra fría y dura. Ya no estaba en pié. No estaba muerto, ¿o sí lo estaba? No sentía la pata, ni lo hierros ni mis huesos. Sentí calor en mi hocico. Este calor y su olor me eran familiares. Oí crepitar y pensé en la corteza de la encina desprendiéndose del tronco y haciendo dibujos mágicos mientras empezaba a volar directa hacia el cielo.
Abrí poco a poco los ojos. Incrédulo pero seguro. Lo hice sin mover nada más. Contuve hasta la respiración para pasar desapercibido. Frente a mi una chimenea enorme de piedra de granito, parecía antigua. Dentro de ella un gran fuego salía desde unos troncos enteros de encina. A un lado unos morillos tan negros como bellos. Al otro lado se apilaban cananas y escopetas de caza. Junto a las armas y colgados de la pared varios conejos parecían ahorcados entre cuerdas de cuero. Sobre la chimenea y alrededor, cubriéndolo todo pieles y trofeos, cabras monteses, rebecos, un oso, ciervos, un lince, un par zorros. ¡Dios mío! Repase la estancia metro a metro con la vista. De repente un pensamiento contradictorio, no había ni un solo lobo.
Siendo y estando cada vez más consciente, empecé a oír voces. Las inconfundibles voces de los hombres. Ellos hablan con los peores animales salvajes mientras se mueven con absoluta torpeza.
Levanté levemente la cabeza para ver mejor. Había luz, la suficiente. Estaba solo en aquel cementerio vertical. Miré mi pata y la vi rodeada de un trapo blanco y bien firme. No tenía sangre. Me levanté sin apoyar la pata y después la apoyé. Estaba vivo y encerrado, pero vivo. Merodeé por la sala buscando un hueco para escapar. Nada.
Fui hacia los conejos y uno a uno fui dando cuenta de ellos, uno por uno hasta tres. Los hombres seguían gritando y cantando. Yo mitad exultante mitad prisionero pensaba como un loco en la escapada.
Los ruidos poco a poco se perdieron con la luz y entre el silencio en que solo elfuelo hablaba, oía mis pensamientos rebotar contra mi cerebro una y otra vez. Aún me sentía muy débil. Dormí.
Entre cada despertar durante toda la noche, monstruos obscuros de dos patas me perseguían en un laberinto de paredes sin fin. Me llamaban, me gritaban y me azuzaban haciendo ruido con extraños aparatos infernales. Y allí, corrían yo sin moverme, angustiado, muerto de miedo y sin despertar.
Sonó la flauta, pero yo ya la conocía, no fue por casualidad ni por los ratones. Sonó tan cerca como nunca antes la había oído. Muchas veces la había visto pegada a los labios del pastor. Fue entonces cuando me sentí aún más preso, juzgado y hasta sentenciado. En ese momento y por primera vez lo oí hablar, mejor dicho cantar, y así decía: “… quién mejor que el lobo conoce a las ovejas, pero el está muy solo y ellas son muy pendejas…”. Y más tarde: “ …si el lobo lobea, mi oveja ovejea…” Y repetía y cantaba esta misma canción.
Volví a dar vueltas a la sala buscando un hueco, no podía saltar. Lástima. Una ventana en el lateral de la chimenea estaba entreabierta y rota. La miré de reojo. Y después de sala como no podía, primero hociqué y al instante un dolor horrible me recorrió la pata. No debería intentarlo de nuevo.
Bajo la mesa y empujando una pata, fui tirando y arrastrando y poco a poco la mesa se hizo alfeizar y mi catapulta hacia la libertad.
Extraña sensación y nueva. Nunca antes había estado encerrado entre cuatro paredes. Desde allí vi. En el escaño de la casa sentado al pastor, tocando la flauta, casi dormido. Yo caminando y cojeando ligero me perdí en el bosque.
Nadie está solo en el bosque. Allí la pata ya no me dolía.



desmentalidad dijo
Hacía mucho tiempo que no pasaba por aquí y hoy no he podido evitar, no sólo pasar sino sentarme y leer este texto ¡magistral!
Un lobo herido, solo y libre.
Un recuerdo.
16 Febrero 2008 | 02:19 PM