La Gran Nevada
En los extremadamente fríos días del invierno de enero, las pocas horas de sol invitan a la caza más que la helada noche. Los días y las noches aparecen y desaparecen como por arte de magia en un chasquido de dedos.
Hoy ha amanecido todo helado, hasta las pequeñas hierbas y la superficie del musgo parecían hoy de diamante. Diamantes perfectos más que cualquier otra piedra en el mundo, que fueron labrados esta noche después de la ventisca de la madrugada.
Veo en el valle algunas reses con el lomo cubierto de nieve y un andar cansino que sin duda les llevará a algún limbo o purgatorio. Con la intensa nevada ni los pastores han podido llegar hasta aquí, ya ha pasado otros inviernos. En el prado en brañas el ganado no encuentra cobijo y vaga hacia algún tipo de muertes segura.
Cuanta despensa para tampoco tiempo. Esto días nunca son más de dos o tres, y al final, es más cosa de buitres que de lobos. Más de carroñeros que de carnívoros.
Nos reunimos donde el camino ya no serpentea, y poco a poco, dos, cuatro, seis y hasta diecisiete nos juntamos toda la manada para acudir al festín. En la bajada vamos eligiendo los manjares y al llegar mansamente comemos la tierna ternera. El prado, hoy blanco, parece un campo de batalla medieval, teñido de vísceras y sangre por doquier. Atacamos, despedazamos y comemos sin solución de continuidad.
Cae la noche y la celebramos en el interior de una antigua ermita a San Pantaleón, el interior, expedito, es hoy una algarabía de panzas llenas y satisfechas, de colmillos afilados y de juegos.
Los lobos que vivimos en el bosque sabemos hacer un bosque de cualquier sitio, sabemos juntarnos mirando hacia la misma presa y sin perderla de de vista hacer cada uno nuestra parte.
Nosotros somos el bosque. Cuando éramos cien y ahora que somos pocos. Sin algún día ya no estamos, no habrá bosque. Dicen los hombres que los animales desaparecen cuando desaparece el bosque, ¡falso!, es el bosque el que desaparece cuando ya no hay animales.


