Cuento lobuno: más allá del horizonte
Cuando alcanza la cumbre antes del crepúsculo, mira más allá del horizonte intentando descubrir lo invisible. Bien sabe donde es hoy, y donde fue ayer, pero cambiaría todo por un pedazo de mañana como sueño licuado y gotas de felicidad cristalizada.
Ruedan los años como piñas por la ladera, y entre uno y otro invierno cuando el dígito cambia, solo sé que nada lo hace. Que tengo que mirar muy hacia atrás para asegurarme que no todo siempre fue así. Que a veces pienso que siempre fue y será como en un círculo perpetuo y cerrado pero nada vicioso, simplemente virtuoso.
Cuando tanto nevó, cuando se quemó el prado de en medio, cuando vinieron muchos hombres haciendo un ruido infernal, cuando hicimos feria de la feria, cuando a aquel dispararon, cuando el zorro, cuando el urogallo, cuando se heló todo el lago y era difícil beber… Así hacemos nuestra particular historia.
Una historia sin fechas ni horas porque no sabemos contar, sin días de la semana ni meses. Donde el hace mucho a veces se mezcla con el hace poco y casi anteayer. Donde las estaciones tienen dimensiones variables y a veces hay dos veranos a caballo de una primavera, donde hay años sin otoño.
Creo que al final del horizonte hay algo distinto. Un lugar donde nada se parece a lo que conocemos. Donde todos los animales son extraños, donde no hay hombres, donde vuelan los que por aquí andan y los que aquí vuelan allí nadan. Donde no falta la comida ni el agua. Un lugar donde tener cuatro patas es imposible y lo más normal sea tener dos bocas y tres pieles. Donde respiremos algún líquido y nos bebamos el aire, a sorbitos pequeños.
Y puede que allí nunca hubiera habido lobos, pero no me importa, que más da. He oído contar que en algún sitio los lobos son completamente blancos y también que en muchos lugares donde había desaparecieron. Y que en todos como aquí nos temen y algunas veces nos odian.
Quizá si algún día atravieso el horizonte a alguien le resulte tan inocente como el cervatillo, mientras que algún topo le haga temblar. Y de ese modo nadie tiemble ante mi afilada sonrisa.
Se que allí hay sol pues le veo como corre cada día.


