De la Medianía hasta Artenara
Como cera derretida, la niebla caía entre los pinos pintando de gris, acícula a acícula todo el bosque.
En este peculiar entorno, en los bosque de Tamadaba y Tirma, pinos, castaños y otros árboles están fantasmagóricamente vestidos de líquenes del más allá, de pieles de turquesa pálido que brotan a cada centímetro, de las raíces hasta las copas.
El camino es sinuoso y la pérdida de visión que trajo la niebla hace de los barrancos mares etéreos e inmensos. Poco a poco, cerca ya de los mil quinientos metros, pude descubrir el sol, que un poco más adelante lo invadió todo.
Desde el mirador de Artenara y por encima de la mar asomaban los picos como recién nacidos da la nada. Podían contarse como fichas en un tablero de ajedrez. Y echando la vista hacia el horizonte, hasta el imponente Teide saludaba a la tarde dominical.
De vuelta ya, el sol aún lucía cerca de las playas, en menos de una hora de los ocho a los más de veinte grados. Si que es cierto que Gran canaria es un continente en una sola isla.


