Cierto día recibimos la visita educada pero altanera de un curioso animal. Para mi, nuevo hasta entonces, era grande y mitad gallina, mitad pavo real. Y si hubiera tres mitades, la tercera sería un ave australiana en peligro de extinción.
Se hacía llamar urogallo, y por su acento era del norte, según él, de muchos nortes puesto que pertenecía a una familia muy amplia. Andaba, aunque pájaro, con torpeza sobre la ramas y cuando bajaba al suelo pateaba como un pato patoso, y desde allí, mandaba y gobernaba ante la mirada atónita de los viejos del lugar. Hablaba y hablaba, mientras iba perdiendo público y la noche caía.
Y así siguió durante mucho tiempo. Se sentía único, y realmente lo era. Nunca habíamos visto nada igual, y mientras nosotros éramos manada, el era uno, aunque hablaba por todos. Es el único animal con tres dedos en la patas y al que vi comer piedras, un auténtico monstruo.
Llego la época de celo, finales de abril o principios de mayo, que el tanto temía y fue para el su San Martín.
No soy ni proteccionista ni conservacionista, soy un lobo. En todo caso sería lobista, pero tampoco es el caso.
Aquella tarde saltando y pavoneándose de rama en rama acertó hasta un tronco tumbado de una vieja haya. Allí siguió su plática ante mis ojos desmesuradamente abiertos, prudentes y afilados a la vez.
En una de sus vueltas, se hizo un remolino de plumas bellísimas que poco a poco cubrieron como de nieve una parte del tronco. Tenía que ocurrir. Era tan sabroso, diferente y único que decidí que se trataba de un manjar y así lo conté durante mucho tiempo a todos.
Cosas de lobos
PD. Esto es solo un cuento. Mi máxima admiración y respeto por todos los esfuerzos que se están realizando por la recuperación de esta maravillosa ave.



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