Jugábamos como cualquiera, como todos, como cualquier manada.
Bajaban por la ladera y se escondían entre el brezo. Yo salía poco después y hacía como si no los viese ni encontrase, me daba la vuelta y allí estaban cruzándose entre la maleza.Después yo mismo me escondía y les asustaba. Así una y otra vez.
Después corríamos hasta el río para refrescarnos y allí saltábamos de piedra en piedra trazando un camino invisible e imaginario.
Más tarde y a dos patas jugábamos a ser hombres y a dos patas caminábamos torpemente por el camino mirando rígidos a todos lados, hasta que uno de nosotros aullaba y el "hombre" salía corriendo despavorido y medio cayéndose, con pequeños gritos entrecortados y aspavientos de conejo amedrentado.
Así pasaban los días de verano en el bosque.
Por las noches nos acercábamos al pueblo para ver a los hombres y nos reíamos de ellos. Iban en grupos, en extraños grupos que a veces se metían de una cueva en otra sin parar de salir y entrar, y otras se recostaban en incómodos artilugios para comer y beber.
De todo ello aprendíamos, observábamos y cuando ya cansados del día queríamos volver, comíamos algo y volvíamos al bosque, pausadamente.



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