Cuento dominical: Amanece cada día
Rondaba el claro, ahuyentado por el fuerte calor. Rondaba el claro entre las sombras, grandes nubes negras que impávidas asombraban el suelo.
Poco a poco, grado a grado, ya desde el amanecer y hasta el inicio del ocaso, la agitada vida nocturna se tornaba en calma, rumor, pausa, silencio, nada.
La presa aún se movía ausente del lobo y del calor, escarbaba y jugueteaba girando sobre una jara pringosa. A los ojos del lobo era una especie de preparación culinaria: conejo de campo al aroma de jara y tomillo.
Esperó el subir del día y la llegada de la tarde, recostado junto al arroyuelo, sin perder de vista al alegre orejudo Sin almorzar, pero ya preparado para cenar.
La tarde se le hizo larga, y comenzó a aletargarse, y soñó con la primavera y el otoño y con decenas de liebres, ovejas y gallinas que caían entre sus fauces. Y soñó surcar la sierra corriendo y bajar junto a su camada. Y soñó el invierno y se despertó.
El cielo azul se hizo añil mate y poco más tarde anaranjado y rojo después. Las sombras crecieron hasta extinguirse y hacerse una sola.
Al día siguiente nadie jugaba en el claro.



haptesupreina dijo
Este relato al leerlo es un festival para los sentidos en su forma, aunque en su fondo sea una depredación consumada.
saludos
9 Julio 2006 | 02:14 PM