Entre los peñascos donde el bosque abre un claro algún hombre plantó siete ricas colmenas, silencio en invierno y algarabía en esta primavera.
Muchos animales atraídos por el ruido se asomaban, los más valientes se acercaban tanto que olisqueaban los panales. Otros miraban desde detrás de los árboles.
Ninguno le daba excesiva importancia salvo el oso y las ardillas que furtivamente recolectaban la miel y la saboreaban impunemente al lado el uno de la otras.
El águila cazó alguna ardilla pero nunca se atrevió con el oso, las abejas ignoraban al águila y al oso y a las ardillas, el oso azuzaba las truchas y las truchas gozaban del río.
En el silencio de la noche el búho y la lechuza cortaban el aire… mientras la culebras peinaban el suelo seseando.
Los ratones corrían entre la hojarasca como en un diminuto “sanfermín”, delante de algún hurón o comadreja de buen apetito y poca despensa.
El zorro trotaba ingenioso y despistado en pos de algún pajarillo que convertir en vianda, mientras lucía su brillante cola al atardecer.
El lobo de ojos de cielo y piel ceniza contemplaba este escenario sin inmutarse, pensando si la mejor cena sería ardilla con nueces al aroma de miel, solomillo de mustélido con muslitos de ratón o tendría que repetir cordero o cabrito. En esto estaba cuando se preguntó si algún día la trucha se comería la miel, el zorro la trucha y hacer un menú de esos que dicen de mar y tierra.



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