Cuento dominical: camino de lobos

Tras el puente de los Ocho Ojos el camino daba un quiebro para sortear el bosque. Antes el camino lo atravesaba, pero eso fue antes de esta historia.
Los jueves tras el mercado, los ganaderos, se reunían a la entrada del pueblo para celebrar lo ganado, satisfechos por la jornada se despreocupaban de lo que traían de vuelta y siempre desaparecía algo.
A fuerza de ser así y con el tiempo, designaron rotativamente a uno de ellos para que se dedicase a vigilar, a proteger el ganado de las fieras.
Un jueves después de grandes ganancias, la fiesta duró más de lo habitual y el pastor que vigilaba, cansado dejó su vigilia al azar. Al azar de la brisa los lobos quisieron cazar.
El viernes amaneció entre la lluvia fina y la niebla densa, el humo de las fogatas casi extintas, los dormidos cuerpos de lo comerciantes y los restos esparcidos del ganado devorado por los lobos. Del pastor que vigilaba no se supo más.
En el interior del bosque se oía la algarabía de los lobos, en el pueblo el llanto de los comerciantes, en la lejanía la pena de la soledad y el destierro.
Días más tarde los lobos siguieron el rastro de aquel pastor, y sin atacarlo, lo fueron siguiendo de pueblo en pueblo durante muchos años.
El camino no cruza el bosque, lo rodea. Al antiguo llaman camino de Los Lobos.
En el bosque ya nadie ve ni oye lobos.
Rex non Verba
Nebur


