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La Coctelera

Historias del bosque

Reflexiones sobre las Personas, la Vida y las Organizaciones

Categoría: Mis cuentos

13 Enero 2008

La sombra del sueño de la soledad

Hoy el día es frío y engañoso. El sol luce como en verano y el viento está en calma, sin embargo, aún no ha desaparecido la escarcha. El viento hace daño en lo ojos y los mantengo solo entreabiertos cuando me adentro en lo más profundo del bosque.

Acababa de saltar sobre un tronco que yacía a la sombra de un tejo hecho de años y veneno. Mal salto. Mala suerte. Mala pata. Un cepo gigante, de los de osos, me atrapó hundiendo sus dientes de hierro de lado a lado de mis traseras.

Ni aullar pude. El dolor era inmenso, intenso, inabarcable, me sentí morir en un instante. Tan agarrado estaba que no podía ni mover el resto del cuerpo. La sangre empezó a brotar como nunca antes lo había visto. Mi sangre espesa se derramaba entre el pelo. Era igual. La misma sangre que cien veces había visto en ovejas, cabras, conejos y otros alimentos. Esta vez era mi sangre. Me dolía. Me dolía cada gota. Me dolía más que la herida.

No distinguía entre la sangre y la muerte. Las heridas de sangre siempre eran mortales. La sangre avisaba muerte. No había nadie. Estaba solo entre la nieve y el hielo. Ni un solo ruido. Mire a mí alrededor buscando consuelo. Abrí y cerré los ojos varias veces, no se si para coger fuerzas o para despertar de la pesadilla. Sentí frío.

Me sentí solo. Solos nacemos y solo he vivido, pero esta soledad era diferente. No era solo soledad. Era el último momento de vida el que asomaba a mis ojos y no había nadie. Es mejor llegar solo que partir solo. No lo sé. Pero yo ahora no quería estar solo. Me daba igual morir, pero no solo. La soledad quita fuerzas, no las da. Estaba tan solo y desfallecido que no podía encontrar ni un buen recuerdo que me reconfortase, ni evocar una voz amiga, ni una imagen.

La sangre dejó de brotar y mis ojos poco a poco se cerraban. Sentía el roce de los hierros contra mis huesos por minúsculo que fuera el movimiento. Aún estaba en pié sobre mis cuatro patas. Anochecía. Anocheció.

Creí dormir. Con los ojos aún cerrados sentí el suelo sobre mi espalda. Sentí la piedra fría y dura. Ya no estaba en pié. No estaba muerto, ¿o sí lo estaba? No sentía la pata, ni lo hierros ni mis huesos. Sentí calor en mi hocico. Este calor y su olor me eran familiares. Oí crepitar y pensé en la corteza de la encina desprendiéndose del tronco y haciendo dibujos mágicos mientras empezaba a volar directa hacia el cielo.

Abrí poco a poco los ojos. Incrédulo pero seguro. Lo hice sin mover nada más. Contuve hasta la respiración para pasar desapercibido. Frente a mi una chimenea enorme de piedra de granito, parecía antigua. Dentro de ella un gran fuego salía desde unos troncos enteros de encina. A un lado unos morillos tan negros como bellos. Al otro lado se apilaban cananas y escopetas de caza. Junto a las armas y colgados de la pared varios conejos parecían ahorcados entre cuerdas de cuero. Sobre la chimenea y alrededor, cubriéndolo todo pieles y trofeos, cabras monteses, rebecos, un oso, ciervos, un lince, un par zorros. ¡Dios mío! Repase la estancia metro a metro con la vista. De repente un pensamiento contradictorio, no había ni un solo lobo.

Siendo y estando cada vez más consciente, empecé a oír voces. Las inconfundibles voces de los hombres. Ellos hablan con los peores animales salvajes mientras se mueven con absoluta torpeza.

Levanté levemente la cabeza para ver mejor. Había luz, la suficiente. Estaba solo en aquel cementerio vertical. Miré mi pata y la vi rodeada de un trapo blanco y bien firme. No tenía sangre. Me levanté sin apoyar la pata y después la apoyé. Estaba vivo y encerrado, pero vivo. Merodeé por la sala buscando un hueco para escapar. Nada.

Fui hacia los conejos y uno a uno fui dando cuenta de ellos, uno por uno hasta tres. Los hombres seguían gritando y cantando. Yo mitad exultante mitad prisionero pensaba como un loco en la escapada.

Los ruidos poco a poco se perdieron con la luz y entre el silencio en que solo elfuelo hablaba, oía mis pensamientos rebotar contra mi cerebro una y otra vez. Aún me sentía muy débil. Dormí.

Entre cada despertar durante toda la noche, monstruos obscuros de dos patas me perseguían en un laberinto de paredes sin fin. Me llamaban, me gritaban y me azuzaban haciendo ruido con extraños aparatos infernales. Y allí, corrían yo sin moverme, angustiado, muerto de miedo y sin despertar.

Sonó la flauta, pero yo ya la conocía, no fue por casualidad ni por los ratones. Sonó tan cerca como nunca antes la había oído. Muchas veces la había visto pegada a los labios del pastor. Fue entonces cuando me sentí aún más preso, juzgado y hasta sentenciado. En ese momento y por primera vez lo oí hablar, mejor dicho cantar, y así decía: “… quién mejor que el lobo conoce a las ovejas, pero el está muy solo y ellas son muy pendejas…”. Y más tarde: “ …si el lobo lobea, mi oveja ovejea…” Y repetía y cantaba esta misma canción.

Volví a dar vueltas a la sala buscando un hueco, no podía saltar. Lástima. Una ventana en el lateral de la chimenea estaba entreabierta y rota. La miré de reojo. Y después de sala como no podía, primero hociqué y al instante un dolor horrible me recorrió la pata. No debería intentarlo de nuevo.

Bajo la mesa y empujando una pata, fui tirando y arrastrando y poco a poco la mesa se hizo alfeizar y mi catapulta hacia la libertad.

Extraña sensación y nueva. Nunca antes había estado encerrado entre cuatro paredes. Desde allí vi. En el escaño de la casa sentado al pastor, tocando la flauta, casi dormido. Yo caminando y cojeando ligero me perdí en el bosque.

Nadie está solo en el bosque. Allí la pata ya no me dolía.

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3 Enero 2008

La Gran Nevada

En los extremadamente fríos días del invierno de enero, las pocas horas de sol invitan a la caza más que la helada noche. Los días y las noches aparecen y desaparecen como por arte de magia en un chasquido de dedos.

Hoy ha amanecido todo helado, hasta las pequeñas hierbas y la superficie del musgo parecían hoy de diamante. Diamantes perfectos más que cualquier otra piedra en el mundo, que fueron labrados esta noche después de la ventisca de la madrugada.

Veo en el valle algunas reses con el lomo cubierto de nieve y un andar cansino que sin duda les llevará a algún limbo o purgatorio. Con la intensa nevada ni los pastores han podido llegar hasta aquí, ya ha pasado otros inviernos. En el prado en brañas el ganado no encuentra cobijo y vaga hacia algún tipo de muertes segura.

Cuanta despensa para tampoco tiempo. Esto días nunca son más de dos o tres, y al final, es más cosa de buitres que de lobos. Más de carroñeros que de carnívoros.

Nos reunimos donde el camino ya no serpentea, y poco a poco, dos, cuatro, seis y hasta diecisiete nos juntamos toda la manada para acudir al festín. En la bajada vamos eligiendo los manjares y al llegar mansamente comemos la tierna ternera. El prado, hoy blanco, parece un campo de batalla medieval, teñido de vísceras y sangre por doquier. Atacamos, despedazamos y comemos sin solución de continuidad.

Cae la noche y la celebramos en el interior de una antigua ermita a San Pantaleón, el interior, expedito, es hoy una algarabía de panzas llenas y satisfechas, de colmillos afilados y de juegos.

Los lobos que vivimos en el bosque sabemos hacer un bosque de cualquier sitio, sabemos juntarnos mirando hacia la misma presa y sin perderla de de vista hacer cada uno nuestra parte.

Nosotros somos el bosque. Cuando éramos cien y ahora que somos pocos. Sin algún día ya no estamos, no habrá bosque. Dicen los hombres que los animales desaparecen cuando desaparece el bosque, ¡falso!, es el bosque el que desaparece cuando ya no hay animales.

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1 Julio 2007

En la madrugá subo hasta la cima

Salimos a recorrer el bosque buscando a veces no sé qué.
La mayor parte de los días salimos a buscar alimento.
Todos los días nos buscamos a nosotros mismos y a alguien más. A alguien sin quien nosotros no somos nostros, a alguien que complete y complemente nuestra vida. A alguien que le de sentido a lo que hacemos. A alguien sin quien la vida no tiene sentido.
Por eso corremos sin tener prisa, nos paramos sin razón, saltamos al fondo depeligrosos barrancosy nos adentramos en lo más tenebroso del bosque.

Estamos dispuestos a dejarnos la vida por alguien y entregarla cada día, sin excusas, sin miramientos y sin condiciones.

Y cualquiera de esos días mirando a nuestro alrededor y viendo a nuestros lobeznos, sabemos que el futuro va mucho más allá de nosotros, y recordamos cada segundo nuestra responsabilidad de hacer un mundo mejor y hacerlo por y para ellos.
Y en medio de sus juegos, peleas y locuras, sigo mirando más allá del bosque y de la montaña, buscando ese nuevo día donde no necesite más que mirar a un par de pasos de mí para poder sonreir y ser feliz.

Hace algún tiempo, dejé de sentirme cómodo, actúe sin eficacia y probablemente perdí el control, la confianza y mi valentía.Pero eso fue hace algún tiempo. Ahora ya he vuelto a ser lo que quería ser.

Sé que cada día queda menos, y aquí espero confiado y tranquilo, mirando al mar, hacia el norte, por encima del horizonte, desde "la madrugá".

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23 Junio 2007

La cola del lobo

En una lejana cabaña en lo alto de la ladera vivía una familia con siete hijas. Todas eran muy guapas pero había una especialmente bonita a la que llamaban Nina.
Una noche tras la cena, Nina decidió salir a pasear fuera de la casa. Tardaba y su padre impacientado decidió ir a buscarla pues había oído ruidos extraños en la pared, como de uñas arañando la puerta.
No la encontraba y nervioso se puso a gritar: ¡lobo!, ¡lobo!, ¡lobo!, para ahuyentar su propio miedo y al animal que a veces merodeaba la zona. Como seguía sin encontrarla, avanzó hacia el bosque golpeando cada árbol con una vara de avellano para intimidar a la fiera.
Tras varias horas decidió volver a sus casa y fue directamente al cuerto de las niñas, y a obscuras empezó a contar: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. ¡Están todas! Se acercó entonces a la cama de nina y miro su cara de angel con satisfacción.
Cuando estaba a punto de salir del cuarto, miró hacia los pies de la cama y vio una cola peluda gris ceniza que colgaba del extremo. Se acerco sigilosamente y tiró con gran fuerza para sacar la animal.
Cuando lo hizo, estrepitosamente, Nina cayó de la cama.

Oyan orotan otso bana

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22 Marzo 2007

Cuento lobuno: más allá del horizonte

Cuando alcanza la cumbre antes del crepúsculo, mira más allá del horizonte intentando descubrir lo invisible. Bien sabe donde es hoy, y donde fue ayer, pero cambiaría todo por un pedazo de mañana como sueño licuado y gotas de felicidad cristalizada.

Ruedan los años como piñas por la ladera, y entre uno y otro invierno cuando el dígito cambia, solo sé que nada lo hace. Que tengo que mirar muy hacia atrás para asegurarme que no todo siempre fue así. Que a veces pienso que siempre fue y será como en un círculo perpetuo y cerrado pero nada vicioso, simplemente virtuoso.

Cuando tanto nevó, cuando se quemó el prado de en medio, cuando vinieron muchos hombres haciendo un ruido infernal, cuando hicimos feria de la feria, cuando a aquel dispararon, cuando el zorro, cuando el urogallo, cuando se heló todo el lago y era difícil beber… Así hacemos nuestra particular historia.

Una historia sin fechas ni horas porque no sabemos contar, sin días de la semana ni meses. Donde el hace mucho a veces se mezcla con el hace poco y casi anteayer. Donde las estaciones tienen dimensiones variables y a veces hay dos veranos a caballo de una primavera, donde hay años sin otoño.

Creo que al final del horizonte hay algo distinto. Un lugar donde nada se parece a lo que conocemos. Donde todos los animales son extraños, donde no hay hombres, donde vuelan los que por aquí andan y los que aquí vuelan allí nadan. Donde no falta la comida ni el agua. Un lugar donde tener cuatro patas es imposible y lo más normal sea tener dos bocas y tres pieles. Donde respiremos algún líquido y nos bebamos el aire, a sorbitos pequeños.

Y puede que allí nunca hubiera habido lobos, pero no me importa, que más da. He oído contar que en algún sitio los lobos son completamente blancos y también que en muchos lugares donde había desaparecieron. Y que en todos como aquí nos temen y algunas veces nos odian.

Quizá si algún día atravieso el horizonte a alguien le resulte tan inocente como el cervatillo, mientras que algún topo le haga temblar. Y de ese modo nadie tiemble ante mi afilada sonrisa.

Se que allí hay sol pues le veo como corre cada día.

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4 Febrero 2007

Cuento dominical: bailando bajo las nubes

O praeclaum custode ovium,… lupum

Tan nublado parece el día y sus nubes tan estáticas, que más que un día de la vida parece una fotografía, una toma, una instantánea, una imagen inerte de un viejo periódico.

Desde el amanecer casi, llevo mirando una nube intentando descifrar su forma y significado, y cuando ya casi había cejado en el empeño, miré las de su alrededor, una por una, y vi, que por si solas no eran nada, pero que juntas formaban una sombra en el cielo de una batalla en la tierra, la imagen de un desastre, un triste lienzo de gotas de agua. Eran un Gernika más que nunca aéreo, más que nunca gris, desdibujado y borroso.

La única manera de hacer desaparecer todo aquello sería la lluvia, una de esas lluvias finas que poco a poco cambian nuestra vista empapándolo lentamente todo. Oí a los lobos del otro lado del mar como algunos hombres invocaban a la lluvia, y pensé en lo bueno que sería tenerlos en el bosque un día como hoy.

Parece que esta semana será de agua, bienvenida. Desde hace algunas, las laderas son verdes, de un verde fuerte, intenso. Bonito contraste el del gris con el verde, es como el de la vida con la muerte, como el de la luz con la sombra.

Muchas veces veo lobos entre las nubes, a veces imágenes de amigos y familiares que están lejos o que ya no están. Miro como me miran con paciencia y dulzura, veo como contemplan mis andanzas por estos bosques, siento como cuidan con amor, aventuras y desventuras de un lugar tan ajeno y lejano. Oigo sus sonrisas y noto sus lágrimas a cada paso de tanta tribulación, de tanto ajetreo y de tanta lucha.

Es difícil la vida en cualquier bosque, más en este mi bosque, donde todo es tan salvaje como lo humano y lo inhumano. Los años, que tiñen mi piel de gris nube nunca son suficientes para dominar la vida, la vida nunca es suficiente para dominar el bosque y el bosque es lo suficientemente grande para dominarlo todo.

Variatio delectat
Variatio delectat
Variatio delectat

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25 Enero 2007

Cuento lobuno: blanco sobre blanco

Se refugió entre el hielo porque el viento cortaba y pequeños carámbanos volaban entre los abetos.

Parecía débil, ensimismado y despistado en su propio bosque. Sus patas de bailarín clásico eran muy poco prácticas entre la nieve.

Yo debía estar a dos centenares de metros, y veía su cuerpo temblar y resaltar sobre un blanco impoluto.

El cuerpo era casi perfecto, de líneas muy rectas, estilizado y sobrio.

Aún apremiado por el hambre decidí disfrutar del momento. Decidí esperar, sabiendo eso si, que yo era el único.

El viento venía hacia mí y no me podía oler, y agazapado tras unas ramas arrancadas por el viento, no me podía ver.

Tracé un círculo enorme y aparecí asu espalda. No se movió. Desapareció entre la tormenta.

Lo recuerdo como un sueño, breve e intenso.

Un sueño blanco.

In dubito pro lupus

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9 Enero 2007

Cuentos lobunos: el urogallo

Cierto día recibimos la visita educada pero altanera de un curioso animal. Para mi, nuevo hasta entonces, era grande y mitad gallina, mitad pavo real. Y si hubiera tres mitades, la tercera sería un ave australiana en peligro de extinción.

Se hacía llamar urogallo, y por su acento era del norte, según él, de muchos nortes puesto que pertenecía a una familia muy amplia. Andaba, aunque pájaro, con torpeza sobre la ramas y cuando bajaba al suelo pateaba como un pato patoso, y desde allí, mandaba y gobernaba ante la mirada atónita de los viejos del lugar. Hablaba y hablaba, mientras iba perdiendo público y la noche caía.

Y así siguió durante mucho tiempo. Se sentía único, y realmente lo era. Nunca habíamos visto nada igual, y mientras nosotros éramos manada, el era uno, aunque hablaba por todos. Es el único animal con tres dedos en la patas y al que vi comer piedras, un auténtico monstruo.

Llego la época de celo, finales de abril o principios de mayo, que el tanto temía y fue para el su San Martín.

No soy ni proteccionista ni conservacionista, soy un lobo. En todo caso sería lobista, pero tampoco es el caso.

Aquella tarde saltando y pavoneándose de rama en rama acertó hasta un tronco tumbado de una vieja haya. Allí siguió su plática ante mis ojos desmesuradamente abiertos, prudentes y afilados a la vez.

En una de sus vueltas, se hizo un remolino de plumas bellísimas que poco a poco cubrieron como de nieve una parte del tronco. Tenía que ocurrir. Era tan sabroso, diferente y único que decidí que se trataba de un manjar y así lo conté durante mucho tiempo a todos.

Cosas de lobos

PD. Esto es solo un cuento. Mi máxima admiración y respeto por todos los esfuerzos que se están realizando por la recuperación de esta maravillosa ave.

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Director de Recursos Humanos, Consejero, asesor, pintor, conferenciante, coach de directivos, escritor y animador de organizaciones. Diseñador de proyectos singulares relacionados con el Desarrollo del Talento Directivo, las Estructuras Organizativas y la Gestión de Intangibles.
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